martes, 26 de agosto de 2008
Saber de qué se trata
Lejos de hacer mella en algunas malas costumbres del Gobierno, el conflicto con el campo parece provocado que se cierre aún más sobre sí mismo. Una muestra de ello es que, el anuncio de que aumentará el presupuesto de la Secretaría de Agricultura en 1000 millones de pesos, generó nuevos cuestionamientos entre los ruralistas, que vuelven a protestar activamente. Ayer, productores de la ciudad santafecina de Armstrong se concentraron para realizar un tractorazo por la ruta 9 que encabezó el presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi. Fue tras la masiva asamblea que encabezó en Olavarría el sábado último. "Hay mucho ruido y pocas nueces", fue la advertencia que dejó el titular de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, quien estuvo a cargo del discurso de cierre. La asignación presupuestaria para el área que controla Carlos Cheppi no conforma al campo. El sector no sólo la cuestiona el monto, que considera insuficiente, sino el destino que se dará a la partida; temen, sobre todo, que el dinero no llegue a los pequeños productores. El Gobierno insiste en marginar a quien se le oponga, como si ninguna institución tuviese real representatividad. Decidieron una vez más una distribución inconsulta, arbitraria y, lo peor de todo, a espaldas de la sociedad, como si ellos, los representantes de la ciudadanía no tuvieran que dar explicaciones sobre lo que hacen con los fondos que pertenecen a la Nación. Por suerte, hay instituciones que han retomado la iniciativa, como el Congreso de la Nación. Ayer, el Secretario de Transporte Ricardo Jaime, tuvo que explicar en el Senado, por primera vez desde que comenzó su gestión, cómo se negoció la reestatización de Aerolíneas Argentinas y cómo administró él dinero de su cartera, que es el dinero de toda la sociedad. Ya que el Gobierno Nacional está empecinado esquivar las consultas de los medios, es absolutamente correcto y necesario que los legisladores exijan la información a la que el ciudadano común no puede acceder.
lunes, 18 de agosto de 2008
El mundo de las imágenes

A mediados de la década del sesenta un Presidente de la Nación, el radical Arturo Illia, y todo su equipo de Gobierno fueron blanco de una campaña de desprestigio en los medios que terminó por hundirlo. La imagen del mandatario nacional era representada por una tortuga, una imagen que pretendía mostrar la lentitud y la falta de energía con que gobernaba. La insistencia de reconocidas revistas políticas de la época, logró un desprestigio tal que allanó el camino hacia un golpe de Estado. En la década de los ’90, la imagen del Presidente Carlos Menem fue asociada constantemente con la corrupción, con lo que finalmente el ex mandatario terminó pasando una temporada en cárcel sin que, hoy por hoy, prácticamente nadie recuerde por cuál causa fue preso. A los ojos de la sociedad, que Menem haya terminado encarcelado era -más allá de lo estrictamente judicial-, un acto de justicia. Ni hablar de Fernando De la Rúa, del “dicen que soy aburrido”, de su famoso paso por VideoMatch con la consecuente parodia, y sus discursos delirantes cuando ya todos lo consideraban ex. El propio De la Rúa, hace poco tiempo, admitió ante la Justicia el daño que le causó a su imagen el episodio en la televisión, y hasta lo consideró parte de un plan para derrocarlo. Desde el inicio del conflicto del campo, la pareja presidencial ha sufrido una erosión semejante a las anteriores. Los discursos anacrónicos de Néstor Kirchner; los gastos desmesurados de la Presidenta en lujos innecesarios; las sospechas de millonarios casos de corrupción, entre otras cosas, han generado una creciente incredulidad en la pareja presidencial y ha cubierto con un manto de sospecha a todos los altos funcionarios nacionales. Ayer, en la portada del diario Crítica de la Argentina, que conduce Jorge Lanata, se publicó una foto trucada en la que Kirchner corre y aventaja a atleta jamaiquino que logró el récord mundial en las Olimpíadas, y titula irónicamente: “¿Quién es el hombre más rápido del mundo?”. La tapa hace referencia a una nota sobre un sospechoso negocio inmobiliario realizado por el ex Presidente en El Calafate, que le dejó Kirchner una millonaria ganancia. ¿Era posible, un año atrás, que un diario se atreva a publicar semejante acusación contra uno de los miembros de la pareja presidencial?.
martes, 12 de agosto de 2008
El pasado, a través de sus protagonistas

Una visión impresionante, de una honestidad histórica e intelectual pocas veces vista ni en los medios, ni en la literatura ni mucho menos en la política argentina. A continuación, una columna del escritor Martín Caparrós, sobre aquellos tiempos.
El peor acuerdo
Por Martín Caparrós
25.07.2008
(Publicado en Crítica de la Argentina)
Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Y sin embargo, ayer.
Ayer, en su alegato final, el ex Menéndez, ex jefe de una de las unidades militares más asesinas, el Tercer Cuerpo de Ejército, hombre de cuchillos tomar y de presos matar, peroró en su defensa. Dijo, en síntesis, que las fuerzas armadas argentinas pelearon y ganaron para “evitar el asalto de la subversión marxista”. Y yo también lo creo.
Con algunos matices. La subversión marxista –o más o menos marxista, de la que yo también formaba parte– quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado, sin desigualdades, sin explotadores ni explotados, y sin muchas precisiones acerca de la forma política que eso adoptaría –pero que, sin duda, no sería la “democracia burguesa” que condenábamos cada vez que podíamos.
Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que “los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia”. Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando vi a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escribí que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: “Con las urnas al gobierno / con las armas al poder”, y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos. Me indigné y, de tan indignado, quise escribir La voluntad para contar quiénes habían sido y qué querían realmente los militantes revolucionarios de los años sesentas y setentas.
(A propósito: es la misma falsificación que se comete cuando se dice, como lo ha hecho Kirchner, que este gobierno pelea por realizar los sueños de aquellos militantes: esos sueños, está claro, eran muy otros. En esa falsificación, Kirchner y el asesino ex se acercan; ayer Menéndez decía que “los guerrilleros del 70 están hoy en el poder”, sin ver que, si acaso, los que están alrededor del gobierno son personas que estuvieron alrededor de esa guerrilla en los setentas y que cambiaron, como todo cambió, tanto en los treinta últimos años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo para usarlo como figura retórica.)
Es curioso cómo se reescribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. “Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas”, dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.
El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan. Y todos ellos conforman esta masa de ingratos a la que se dirige el muy hijo de exputa: “Luchamos por y para ustedes” –les dice y, de hecho, los militares preservaron para ellos el capitalismo y la democracia burguesa. Pero la sociedad argentina se ha inventado un pasado limpito en el que unos pocos megaperversosasesinos como éste hicieron a espaldas de todos lo que ellos jamás habrían permitido, y les resulta mucho más cómodo. Como les resulta mucho más cómodo, ahora, indignarse con el ex que repensar qué hicieron entonces, a quién apoyaron, en qué los benefició la violencia de los represores, y lo fácil que les resultó, muchos años después, asombrarse, impresionarse e indignarse.
El ex Menéndez es, sin duda, un asesino, y ojalá que se pudra en la cárcel. Es obvio que no es lo mismo la violencia de un grupo de ciudadanos que la violencia del Estado, pero es tonto negar que nosotros proponíamos la guerra popular y prolongada como forma de llegar al poder. Y también es obvio que la violencia de los militares no les sirvió sólo para vencer a la guerrilla: lo habrían podido conseguir con mucho menos.
Durante mucho tiempo me equivoqué pensando que los militares habían exagerado: que la amenaza revolucionaria era menor, que no justificaba semejante despliegue. Tardé en entender que los militares y los ricos argentinos habían usado esa amenaza como excusa para corregir la estructura socioeconómica del país: para convertir a la Argentina en una sociedad con menos fábricas y por lo tanto menos obreros reivindicativos, para disciplinar a los díscolos de cualquier orden, y para cumplir con las órdenes reservadas del secretario de Estado USA, su compañero Kissinger, que les dijo en abril de 1976 que debían volver a convertir a nuestro país en un exportador de materia prima agropecuaria.
Es lo que dijo el ex: “¡Y nosotros estamos siendo juzgados! ¿Para quién ganamos la batalla?”. Porque es cierto que la ganaron, y que su resultado principal no son estos juicios sino este país sojero.
Ése es el punto en que casi todos se hacen los boludos. La indignación siempre fue más fácil que el pensamiento. Supongo que es mejor que muchos, para sentirse probos, prefieran condenar a los militares antes que seguir apoyándolos como entonces. Pero no deja de inquietarme que todo sea tan fácil y que sólo un asesino hijo de puta suelte, de vez en cuando, ciertas verdades tremebundas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)